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jueves, 1 de julio de 2010

Corre


El hombre es un ganador al nacer y un perdedor irremediable al morir: en el proceso de nuestra gestación, un espermatozoide superdotado compitió contra millones de sus semejantes por fecundar un óvulo, recorrió distancias equivalentes a varias maratones, cruzó peligrosas simas, aquilató la astucia en el sentido de su huida, encontró el camino más recto a la meta en medio del caos... y tú eres el resultado de ese espermatozoide triunfador.
Naces como un triunfador coronado de inteligencia y grasa matricia, pero el paso de los días te amojama y entontece. Como decía Alberti, “era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos”: después de algunos asaltos y briegas, abandonas el ring vapuleado, con los pies por delante, sin ninguna gloria; da igual que seas José Mourinho o Steve Jobs: la muerte triunfa.
Te mueres hasta decir basta, dejas de pagar impuestos, te mudas a una suite cuyas llaves te entrega San Pedro e inicias una vida de rentista porque el cielo es el punto cenital en la Pirámide de Maslow: sólo allí, despojado de tus despojos, tus ahorros y tus ambiciones es posible la completa realización en el amor.
Ante el inevitable trecho que tenemos que recorrer en el tiempo entre los dos extremos de este destino contradictorio entre el triunfo de nacer y el fracaso de morir, es conveniente estar armado para contrarrestarlo todo, para fajarse de todo, para contraatacarlo todo, para aceptarlo todo, menos la acechanza de morirse en vida amortajado por dentro. Al morirse, hay que morirse de verdad, después de haber vivido; como si nada cupiese esperar del juego del vivir, salvo la inevitable lucha, y el sentido de ésta, que si lo encuentras, hará de ti un magnífico cadáver braseado por multitud de experiencias nutricias.
En esa contienda desigual contra un destino irreversible, el hombre no haya otras armas sino las virtudes: no hay alabarda, pica o escudo como el humor, la resiliencia y la jesuítica “santa indiferencia” adobada por aquello de “Nada te turbe/nada te espante/todo se pasa” de Santa Teresa: son los tres versos más sabios escritos nunca por una sabia, en toda la historia de la sabiduría. Ya lo dice el Eclesiastés, el “Libro de la Sabiduría”: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Todo da lo mismo, sin que no todo de igual. Hay que vivir como si la vida no fuese un sueño, que lo es. El problema es que no sabemos quién lo está soñando; la tragedia, llegar a la conclusión de que no lo estés soñando tú. No es una buena receta vivir como si fuésemos eternos, aunque disguste pensar que no lo somos. Cada día, somos eternos 24 horas. Vamos de prestado. Decía Pascal que a un hombre normal le enloquece el pensamiento de la muerte, y que pasamos la vida buscando taimadamente la fórmula para escamotearnos esa verdad cardinal: levantamos catedrales, escribimos artículos, subimos montañas, nos enfadamos con el vecino, trabajamos muchas horas en la oficina, ganamos dinero, tenemos hijos, suspendemos el carné de conducir, nos preocupamos por la verruga en la planta del pié. El hombre es, por alguna razón que no llego a entender ni me preocupa, un bípedo imbécil al que le gusta complicarse la vida, si puede muchas veces, mucho y con ahínco: su oficio oficial se deduce que consiste en alcayatarse el pié con un martillo que él sujeta con su mano buena. Algunos parecen empeñados en demostrarnos que sin una vida malvivida y desperdiciada no se ha vivido ninguna, ni dignamente. Se apresuran a estrellarse, y llegan a ninguna parte para ello, porque nunca fueron a ningún lugar de manera imprevista ya que, en la vida, sólo se llega puntual a las citas que cuentan cuando se llega imprevistamente; cuando es el asombro, el vértigo, la patada en el trasero dada por un amigo lo que hizo que te subieses a ese tren que no era para tí, pero que sí era el tuyo. Porque nos merecemos más de lo que creemos merecer. Es lo que le ocurrió a Colón, que no sabía hacia donde iba, pero iba a alguna parte que lo dejó en otro continente. Es lo mismo que le sucedió al espermatozoide que te fecundó: que no sabía hacía donde navegaba, pero se las ingenió para acertar en la diana y que tú estés aquí. Y ahora que estás donde te encuentras, en circunstancia que desconozco, con los pies apoyados en algún territorio de la realidad o la imaginación, probablemente perdido, recuerda que eres un triunfador por el simple hecho de respirar, y procura correr. Es lo más aconsejable. Es el único secreto: corre. Sólo así hallarás el “óvulo”, que igual es un plato de espaguetis a la parmesana, un continente ignoto, una caja de cervezas, un nuevo canal de televisión por satélite, una vocación, un amor perdido, una cueva donde orar. Procura llegar sin prisa a ese destino que te espera atravesado en el viaducto con una expresión de sorpresa y agradecimiento en el rostro, con clase; subido en una carabela, en un descapotable, en una carroza festivalera o en una Harley. En cualquier caso, corre o no estarás cumpliendo la parte que te toca. Un día sabrás dónde has llegado, aunque probablemente hayas olvidado el cómo. Deseo que hayas encontrado el óvulo, la fuente de la vida hacia la que tendía tu esfuerzo en la carrera.

Por Pablo S. Blesa

miércoles, 23 de junio de 2010

Perla y Patrick: camino de perfección

Para que un artista consume en la soledad de su estudio un arte transparente que refleje al mismo tiempo, como una gota de agua, el universo interno que él posee y el universo externo en el que todos los demás chapoteamos bajo el chaparrón para ganarnos la vida, encontrar el amor e intentar realizarnos, ese artista ha de pasar muchas horas encerrado en soledad cincelando todas las sensaciones que se posen en su alma, todas la observaciones que el carácter siempre “vouyerista” del artista anote, todas las experiencias propias y ajenas que acaudale, hasta depurar “la técnica” que le permita transferírnoslas a nosotros, y que las vivamos como quintaesencia de nuestra naturaleza y de nuestro “pasar viviendo” por esta tierra.
Pero el artista verdadero descubre pasados unos años, en su “camino de perfección”, que el manejo de la técnica no es suficiente; que la técnica en sí, por sí misma, concebida como finalidad, sólo produce obras superficiales; que la técnica es un “estadio” transitorio y no un punto cenital. En algún momento de su crecimiento, el artista tiene que llevar a cabo una transacción extraña: tiene que poner su alma en venta, y ofrecérsela a Dios o al Diablo por un precio, de forma que su arte, transcendido, adquiera una cualidad intemporal que convierta el conjunto de la obra en un guarismo eterno. Cuando se consuma esa unión hipostática con las fuerzas del bien o del mal, el artista aporta una pequeña flor al tronco perenne de lo humano: su obra se vuelve universal al mismo tiempo que inmortal. Obras geniales han dado cuenta de esta transacción, la más elocuente y mejor ejemplo, el “Fausto” de Goethe, junto a la bajada a los infiernos de Dante o las historias truculentas de Edgar Allan Poe en las que, habitualmente, un pintor joven se empeña de manera tan obsesiva en reflejar en el lienzo la belleza de su amada que, a fuerza de obligarla a posar, termina matándola de inanición: la belleza ha emigrado al lienzo, a la vez que se consumaba el martirologio de la modelo.
En Alhama contamos con dos artistas, en dos disciplinas, y cada uno de ellos ha realizado esta “transacción” hacia la iluminación y la madurez creativa a su manera. Pero uno, la pintora, se ha purificado en fuentes limpias y ofrecido su arte a Dios como una dádiva, a la manera en la que lo hiciesen San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Velázquez, el Greco, Juan Sebastián Bach; su arte surge del silencio en la serenidad de la luz clara, en la línea ordenada, en el trazo limpio y preciso, en la emoción noble, en los colores de la alegría fundidos a fuego lento en una aleación alquímica donde el amor por la vida se ve impulsado por una fuerza “erótica” embalsamada en reflexión, ternura y orificación del tiempo; mientras que el otro, el escritor, exalta en sus historias, con usura enciclopédica, elementos oscuros, excrementales, salvajes; ritos sanguinolentos, esotéricos, directamente tautológicos o sicalípticos, y así nos descubre el lado podrido, “caído”, maldito de nuestra naturaleza, como lo hicieran Lovecraft, Poe, Baudelaire, Bukowski, Caravaggio, Mozart en su oscuro Réquiem o Goya en sus pinturas negras y hasta depravadas. Su arte nace de la desesperación de los personajes, de las punciones que destruyen el alma por dentro -la avaricia, la pasión de poder, el deseo de poseer-, de oscuras fuerzas que arroyan a los protagonistas, de sueños desmesurados que engendran monstruos, de mentes racionales pero enfermas que se aplican a quehaceres destructivos imbuidos por un fuerte anhelo “tánico”: esos personajes desintegrarían la vida si pudiesen, ya que la odian profundamente, como al resto de sus semejantes. Ambos, la “doctora arcangélica” entre colores y el “maestro patibulario” entre palabras, merecen nuestra más profunda admiración por su trabajo.
El día 24 de marzo, a las 19.30, dejé la oficina estresado para asistir a la inauguración de la exposición de Perla Fuertes en la sala El Martillo de la CAM. Después de 30 minutos entre sus pinturas, el efecto nutricio, relajante, equilibrado y quasi fotosintético y clorofílico de su arte había cambiado mi estado anímico, pues su pintura es cadenciosidad ordenada y ritmo luminoso, y el pincel un bisturí que no corta la carne, sino que la crea. Perla explora el ADN de la luz. Con su pincel, inteligentemente emborracha el color y te llena las retinas de una fogosidad de linimentos que se hacen mercromina en el fondo de tu subconsciente. Su pintura es curativa. Los cuerpos jóvenes y bellos de sus modelos están embadurnados de algo que no se puede ver, pero sí vivir, saborear y simbiotizar a partir del lienzo: el silencio. Un silencio no ambiental, sino emanado del interior de la carne deslumbrada y presa del color.
Patrick Ericson cultiva las serpientes venenosas del suicidio en su propio dormitorio y riega los lotos emponzoñados que crecen en el corazón de los dementes, a diario desde su escritorio, con el ordenador abierto y el cigarrillo calado entre los labios. Su arte es una estrategia de la asfixia. Comenzar a leer sus libros es subirse por voluntad propia a un cadalso y enroscarse la soga al cuello. Y el cadalso esta montado en una montaña rusa. Quién aspira a comprenderlo, aspira a comprender la catarsis entre la pólvora y la bala, y la sien. Patrick Ericson embala droga dura, tricota y pespunta el escozor de vivir. Es precisamente enfermizo; preciso en maridar todo un ramaje de palabras erizadas que son el hilo argumental del horror. Es lo que quiere. Es lo que busca. Es lo que consigue.
Embarqué un avión en Barcelona camino de muy lejos, y empecé a beber de su libro “Objetivo: Adolf Hitler”. Pronto, la nausea que él buscaba, hizo su efecto en mí. No esperaba menos de Patrick: heridas y desolación, mezcladas con sucesos históricos agitados, turbios, que nos recuerdan el carácter caníbal de la especie. Patrick, lo has conseguido. Tu libro, que se extravía en el vómito y se encuentra en la pústula, es incorregiblemente adictivo.
He aquí dos artistas alhameños: el primero, al levantarse, se aplica a la dura aritmética de la luz, armado con un pincel. El otro, con un cigarrillo negro entre los labios y una taza de café amargo a su lado, armado con un lápiz, delimita el territorio de la tiniebla. Juntos, con su arte, nos explican la cara y cruz de lo que somos.

Por Pablo S. Blesa

"Asubnormalarse"

Asubnormalarse es un verbo transitivo que podría ser que hubiese inventado yo, si a la postre se confirma que no lo extraje de ninguna memoria infantil en el tajo, ligada a los peones de mi tío Pepe entre alfalfas, limonares o melonares, a la hora de la canícula, mientras dormitábamos sobre una bala de paja. A mi padre, que lee mucho de linajes, ya le he explicado que quería patentar el vocablo, y que asubnormalarse no era, como él creía, un término usado por los historiógrafos para definir las deformaciones físicas y psíquicas aparejadas al cruce de consanguinidades, y que alcanzó expresión cimera y plástica en la beatífica idiotez torrencial de un Carlos II vidrioso que babea desde el célebre lienzo de Velásquez, y en el que, junto a la elocuencia de la fealdad que emana en ese vampírico rostro blancuzco, se blasona la bobez con precisión quasi médica, a la vez que se proclama el fin inevitable del imperio español, dirigido en su ocaso por una caterva de idiotas. Mi padre se refería a hemofilia, pero no era eso, no.
Con el vocablo acuñado, seguro de que era algo propio tras consultarlo con la peonada de mi tío, me fui al 18 de Avenida Isaac Albéniz, donde se encuentra, en un pisito modesto, el “Registro de la Propiedad Intelectual”, al que acuden escritores, músicos, arquitectos e inventores para registrar sus obras. “Vengo a patentar la palabra asubnormalarse, que quiero definir como la actividad continua, voluntaria, dinámica y autoinflingida de hacerse tonto”. “¿De hacerse tonto o de hacer el tonto? – me precisó el funcionario-. Tontear ya está registrado por Camilo José Cela”. “No, mire Usted, no se haga el listo. Asubnormalarse nada tiene que ver con tontear, cuyo sinónimo tal vez sea ligar, perder el tiempo o hacer el tontaina”. Lo mío era distinto. Mi verbo se sumaba a otros que ha dado nuestra tierra pródiga en sentido común con esas mismas connotaciones, y que Pérez Reverte, el académico palabrotero, no ha oficializado todavía en la Real Academia; entre otras de mi gusto, “acebunarse”, “ovejunarse” o “tonto del pijo”, que no es un verbo, pero vale como varios y, en la deriva del gran ahorro lingüístico del panocho– “ahhh, ahhh, tonto del pijo!!”, es muy inglés, cool y desenfadado.
Registrado el vocablo, definida su genealogía, sus acepciones y sus matices, lo que quería, grosso modo, es dar cuenta aquí de las muchas actividades que nos sirven para asubnormalarnos: una tripada a pajera abierta sin descanso de “Salsa Rosa”, “¿Dónde estás corazón?”, “La Noria”, “El Diario de Patricia”; una rastra sin resuello de 14 partidos de fútbol en el que se desgrane la Bundest-liga, La Premier, La Liga, Il Calcio, el derbi Cartagena-Murcia, el Alhama-Bullas, Las Flotas contra las Cañadas, de cuerpo presente, mientras tu esposa suspira por una caricia y tú te rascas los sobacos, sorbes cerveza, sudas, eructas y gritas un gol; una cata a cielo abierto bajo las estrellas, en un parque, de 20 litronas de cerveza Estrella de Levante, sin pasto seco o panchitos, desahuciando entre las rosas el exceso de liquidez –no el pecuniario-, alterando así la paz vecinal e importunando a las porras de la Policía municipal, como sucedió en Parla y también en la Puerta del Sol: que nos asubnormalamos cada día con mayor encomio lo demuestra que en la despedida del año se multiplicaron un 90% los comas etílicos y un 40% las palizas. También asubnormala hasta el rebuzno, aunque de forma muy inteligente e irremisible, recibir algún puesto de lo que sea, aparecer sentado en algún lugar un palmo más arriba que los demás o un metro por delante en procesión o cortejo: estas actividades realmente peligrosas de medrar, ascender o liderar deberían administrarse de forma tasada y a gente realmente sabia para evitar el completo asubnormalamiento del que ya llega a las funciones del poder con la suficiente limitación como para no comprender los límites. Así como una mala administración del éxito social, económico o académico puede derivar en subidón de “subnormalina”, la hormona tóxica que se segrega el cerebro al asubnormalarnos a nosotros mismos, sea en la soledad o en compañía, de la misma manera es asubnormalizante el metrosexualismo vanidoso, el egocentrismo fanfarrón, el egoísmo abrasivo, la pura escenificación de la chulería de un chulo de pura raza mientras se pasea por una calle o un centro comercial como si fuese Christiano Ronaldo, es decir, perdonándote la vida. Son los “tontainómanos”: seres superdotados genéticamente para “asubnormalarse”, dependientes de la “subnormalina” para sobrevivir. El problema de asubnormalarse es que se trata de una actividad habitualmente onanista, orgiástica, semi-onírica y de moda que produce placer corporal en su faceta física, y entroniza al ego, en la espiritual. Si he registrado la palabra con la ayuda de un funcionario, aclaraciones de mi padre y el permiso de mi tío, es para enviársela en probeta a Trinidad Jiménez, la saludable ministra de Salud, y que ella, junto a la Organización Mundial de la Salud (OMS), busquen algún tipo de vacuna con la que proveernos en grandes cantidades, una vez y hemos superado con éxito la epidemia de gripe A.

Por Pablo S. Blesa

sábado, 30 de enero de 2010

LA GUERRA DE LOS GÉNEROS

Sumisa, domada, domesticada y doméstica, comparto la noción, que es una simple constatación histórica, de que la mujer no ha sido otra cosa durante milenios que una mercancía discriminada de la que el hombre se servía como mula de tiro por las mañanas y paño en el que enjugar sus pulsiones sexuales por las noches. Dicho lo cual, hoy asistimos a una oleada de revanchismo pendular que amenaza con estigmatizar a un hombre como un predador al que dar caza con todo tipo de armamento policial, legislativo, mucha publicidad y hasta un ministerio, que nos es propiamente de igualdad, sino de “igualización”. Provoca cierta tristeza, no obstante la todavía datable desigualdad salarial, de oportunidades; la escuálida presencia en puestos de liderazgo de la mujer y las muertes, que la etapa que suceda a un machismo virulento, altanero y deleznable sea, se presume, la de un feminismo intransigente, institucionalizado y legalizado; una aparato ideológico con el viento a favor que se manifiesta, primero, en hacer de la mujer un imitador de los peores vicios del hombre en lo estético, para proclamar, a renglón seguido y sin sonrojo, su supremacía intelectual, corporal, moral y, en un último estadio, legislar en consonancia con este nuevo paradigma. Este feminismo fanfarrón y castrante en boga, ofensivo para las mismas mujeres, amenazante para los hombres, semi-oficial, todavía minoritario aunque muy activo, sirve también de plataforma inquisitorial para silenciar voces discordantes y condenar al ostracismo a aquellos que sólo aspiran al sentido común en esta “guerra de géneros”, que esconde una nueva “ideología de dominio” sembrada desde un ministerio, y cuyos dogmas se cuelan filtrados por la capilaridad legislativa: se puede y debe perseguir la violencia machista, pero no así al macho, de forma generalizada y por el hecho de serlo. En los últimos años y días he asistido con cierta perplejidad a casos y sucesos que arrojan luz sobre lo que digo.
Daría pie a un juicio público sumarísimo que un grupo de cinco renombrados poetas, apoyados únicamente en su condición de hombres, proclamasen en el plató de una televisión pública que, “obviamente, los hombres somos mucho mejor poetas que las mujeres porque poseemos un alma más sensible”. Pues bien, a ese bochornoso espectáculo de auto bombo bobo y enardecido, asistí hace un par de años cuando veía por casualidad un programa literario de la Televisión Andaluza dedicado a la poesía femenina. De las cuatro invitadas, una era Catedrática de literatura, la otra una conocida crítica y las otras dos laureadas poetisas de altísimo nivel. La frase citada y feminizada recibió adhesión generalizada entre el alborozo y la reivindicación.
Cuando una mujer agrede a un hombre con un palo de golf en ristre, es un acto cómico, guasón y chistoso. Cuando un hombre agrede a una mujer con un palo de golf es una agresión. Ambos son agresiones. Como obviamente hablamos de Tiger Woods, lo que toca señalar es que el espectáculo nefando de su mujer acribillando con un palo de golf el coche con el que huía el golfista ha quedado relegado al domino del chiste. No lo es tanto: si ella hubiese sido él y él, ella, las infidelidades y heroicidades eróticas de ella no hubiesen sido el foco de atención de los medios de comunicación en nuestro país, sino los golpes con el palo. Y me parece bien. Nadie se merece que le aticen con un palo de golf mientras sale de su casa.
En el ámbito de la cultura popular, en los programas rosas, es habitual escuchar a una mujer realizar la proclama de que “los hombres son todos unos idiotas”. Semejante frase, invertido el género del emisor, concentraría el oprobio público y oficial, con buen criterio, pero si el sujeto a imprecar son los hombres, es excusable y hasta bienvenido.
Estoy de acuerdo, además, de que con punteada repetición e insistencia se recuerde a cada una de las víctimas de la violencia machista, y los minutos de silencio en su honor no son minutos perdidos para nadie...aunque resulte un tanto decepcionante, por otra parte, que parezcan omitirse las víctimas masculinas de una violencia, que no debe ser calificada de “feminista”, pero que es violencia doméstica igualmente, sin establecer categorías. Menos aún se comprendería que este silencio tibio de los datos sobre la muerte de hombres se produjese no suceda que amortigüen el impacto de la campaña publicitaria ministerial o perjudique su efectividad. Las mujeres también matan a sus maridos. Y no sólo ocurre que unos 40 hombres mueren todos los años, la mitad que mujeres, también es preocupante que las nuevas leyes puedan ser instrumentalizadas por mujeres perversas contra los hombres, impunemente: ahí está el caso mediático de un hombre separado durante cinco años de sus hijas porque su mujer adujo sin pruebas que abusaba de ellas. Se demostró falso demasiado tarde. O el juez apartado de su puesto por insinuar que, efectivamente, tal vez la nueva legislación dejase al hombre, en ocasiones, en la indefensión. Y todos sabemos lo que aconteció al pobre chico latino al que unos partes médicos errados, y unos medios de comunicación imprudentes, condenaron públicamente por abusar supuestamente de la hija de su pareja. Por último, y especialmente doloroso, es la cortina de censura y autocensura imperante, y que impide un debate en el que hombres y mujeres, desde la moderación y defendiendo una “paz de género”, aporten sus opiniones. Al punto, el caso apabullante del escritor Enrique Lynch, que se atrevió a conjeturar en un artículo publicado en El País – “Revanchismo de Género”- que la campaña publicitaria del ministerio a favor de la igualdad era sexista y equivocada. Miles de personas pidieron la cabeza del escritor y la emprendieron contra El País por publicar el artículo.
Cuando podamos, desamordazados, desetiquetados, sin la amenaza a ser silenciados o insultados, y con seriedad, abordar el debate de la violencia de género desde la equidistancia, habremos dado un gran paso hacia la verdadera igualdad, que es una igualdad sin sexos de por medio, en la que sólo hay personas que sufren.

martes, 12 de enero de 2010

Maltrato

Recordé que un hombre necesita algún lugar donde esconderse de vez en cuando; necesita un búnquer, una capilla de vitrales oreada con el perfume de las flores muertas en medio del ruido del tráfico; necesita alguna cripta bajo la que enterrarse durante algunas medias horas o medios minutos; la sala de un museo barnizada de lienzos a la hora en que aquí en las ciudades de España se devora el cocido de las dos; o la psicodelia del tormento hermético, aislante, desubicado y puro que te aplicas en los tímpanos a voluntad desde un mp3, mientras afuera los tambores de la Semana Santa van derribando la mampostería de las casas al compás de las saetas, de los alcanciles o de los caramelos; y yo, más que otra cosa, espacio o forma, más que el museo, la cripta o la capilla, lo que necesito es una sala de cine, de vez en cuando, porque el mundo puede ser, de vez en cuando y a veces, un lugar de escarmiento asfaltado, desorientado, alfalfado y hostil.
Cuando el mundo, en su bochorno y tedio, se remuele en sus crucerías como una tremenda coz de basura contra tu hocico, solo a lo mejor, sólo te quedan abiertos los cines, esos refugios de guerra emocionales, esos lugares cítricamente incontaminados en penumbra, esos boquetes a los sueños en terciopelo, esas medusas de celuloide extendidas en esas tardes de domingo a partir de las 21.00 de la noche: esa es la quintaesencia del masaje emocional para mí, que me cuenten una historia en imágenes. Entonces, muy feliz por la gran idea de hacer pirotecnia con una tarde de domingo inútil desde una butaca confortable, las palomitas y la cola apoyadas en el regazo, otros tipos como yo y yo, nos encaminamos hacia el maltrato tan pronto cerramos la puerta de la cancela.
No hay momento más frustrante en España que el del ocio: los dependientes ya no agasajan sino que empujan; los vecinos ya no saludan en las colas antes de criticarte; las camareras ya no guiñan el ojo pero sí meten el dedo en tu sopa, los taxistas no te cuentan historias o chistes, y hablan en su lugar de política con mucha seriedad; a veces abroncan al cliente por interrumpir su discurso. El español junior no sabe hacer colas; no sabe hablar bajo y no sabe pedir perdón. Sabe amontonarse. Sabe berrear. Le sudan también los sabacos y encuentras a demasiados tipos por debajo de los 30 parecidos a Torrente, sueltos por ahí, incluso sin collar, con algo de dinero en los bolsillos, y algunos muy diestros en vaciarte los tuyos si te descuidas.
Salgo a la calle. Piso la acera. Entro en mi coche. En la autovía, los políticos y los mercaderes instruyen desde las plataformas publicitarias: la Dirección General de Tráfico quiere que no corras; la Dirección General de Deportes, algo más allá, que corras, y los vendedores de profilácticos....ya te lo supones: todo el mundo quiere algo de ti, pronto, de forma espasmódica y está dispuesto a engañarte para conseguirlo, por eso estás huyendo a la sala de cine, y lo sabes. Pero después de hacer hueco en la agenda, y tras pagar 8 € para asistir a alguna escena grandiosa de “Enemigo Público”, una tarde de domingo como esa, o de espalda distinta y olor mucho más enterquecido o urinario, puedes encontrar el placer adulterado por un tipo al que le suena el móvil y entretiene luego, sin sofocarse, una conversación de 15 minutos sobre “quién comprará el hielo y los barriles de cerveza” para el botellón. También puedes verte emboscado en un fuego de palomitas o avejunado entre una coral de eructos cocacoleros detrás de la nuca. A mi me ha pasado muchas tardes de domingo, o los miércoles. Es peor si protestas: además de perder la paz, la voz y no conseguir tu objetivo, aborrecerás la película.
Algunos no están capacitados para entender que cuando se va al cine, habitualmente es para disfrutar en silencio una vez y se apaga la luz. Entonces se enciende la luz. Tú no has visto la película, el tipo del móvil ha hablado con su colega; con certeza, el hielo está comprado y los quintos en el hielo; el hielo, los quintos y el otro tipo con sus amigos en un parque. Pero tú estás muy frío y ambos salimos por la misma puerta de la sala de cine, hacia el mismo parking y no nos subimos en el mismo coche. En realidad, lo suyo no es un coche, sino algo así como un platillo: los tipos que organizan botellones desde las salas de cine habitualmente pilotan platillos volantes.
El imberbe encanutado en sus jeans, que no entiende que el cine es un lugar sagrado de silencio y fantasía, suele ser el mismo que cree, profundamente porque se lo dijo un amigo o una novia, que lo suyo es conducir: con un coche entre las manos, ese tipo ha llegado a la conclusión que él también tiene algo de Fernando Alonso; de hecho, se observa en el espejo antes de subirse al Ibiza e interioriza que la autovía A-7 es el Circuito de Imola. Te lo demostrará cuando tú, de regreso del cine, circules plácido a 110. Un domingo por la noche, ese tipo pasa a 180 con el coche tuneado, fumándose un cigarrillo y tan cerca de tu ventanilla, que mientras se rasca la barriga y sube el volumen del reggaeton para que disfrutes de las letras, aún se permite esforriarte el humo a través de la rendija de tu puerta mientras cambia de marcha con la punta del pijo, si quiere. Todo bajo control. Para ese veinteañero abuitregado, un coche con alerón y tubones fluorescentes, ya subido de vueltas, es una expresión artística comparable tan solo a esa misma estructura de hojalata con motor convertida en una bola de chatarra incendiada contra el poste de una finca. Para ese tipo, el arte es el lance de la muerte expectorada con prisa desde el acelerador de su coche psicodélico enchufado de decibelios, y la vida el nocturneo: la trinchera del día, la siesta, la tortura, el trabajo con despertador; el agua bendita, el cuba-libre; la música clásica, “la Macarena”; los programas Kulturales, los debates de fútbol. El listo de turno, el tonto de turno -que es habitualmente un tímido hipercompensado venido a más gracias a la ginebra, las anfetaminas y un cóctel afrodisíaco de Viagra, y he perdido la cuenta de la receta-: no te cruces con un tipo así de hemorroidal en una sala de fiestas a partir de las dos de la madrugada mientras miras las pantorrillas flácidas de su novia desde el otro taburete o tendrás que demostrar lo hombre que eres con una botella rota en la mano o en la cabeza-, y en ocasiones el tipo no te da oportunidad de elegir-. La zafiedad incomparable ha avinagrado el corazón de una generación embabada de grasa televisiva, levadura de cerveza y pesticidas que se aplican por la nariz, mientras se escucha a Estopa, -que es una gran banda muy garbosa de Barcelona que hace apología del “porro”-, mientras se permiten el caviar: “¡ja,ja,ja, que gente tan Guay!”-.
Así que, “bueno, iba a coger mi coche para ir al cine, cenar y dar un paseo”, le dije a mi primo, pero lo pensé mejor este segundo domingo: preferí quedarme, abrir un quinto de cerveza, meter una pizza pre-congelada en el horno y disfrutar desde el sofá, en silencio y sin interrupciones, de una película que regalaban con el periódico esa mañana. No quería que me maltratasen en el cine, que me agriasen la cena, que me codeasen a la cuneta o que me empalasen con una navaja de mariposa a la salida de una sala de fiesta. Ya lo dice Ikea: no hay nada como “la república de tu casa”. Es ésta la “Sociedad del Riesgo”. Todo hombre necesita algún lugar donde esconderse de vez en cuando y últimamente ese lugar ya no es un cine. Cuanto lo siento.